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sábado 24 de mayo de 2008
Eme puede decir y pensar lo que quiera, está en todo su derecho, pero lo cierto es que una literatura que no fuera la puerta a experiencias y emociones muy intensas, a las que quizá no se podría entrar de otra forma me resultaría muy sosa, inocua, nada atractiva.
No estoy diciendo, entiéndaseme bien, que la literatura pueda sustituir a la vida: para mí, lo más importante son las relaciones humanas, y si la literatura vale en algo es porque habla de ellas, porque trata de poner de manifiesto las complejidades y contradicciones de nuestra humana y a veces animal condición.
Sin embargo, qué triste me resulta imaginarme como un lector distanciado ante el hecho del despertar político del protagonista de Sostiene Pereira; sobre todo del asesinato de Monteiro Rosi cuando Pereira le tiene más afecto, cuando se arriesga más al protegerlo.
Si tengo una biblioteca (pequeña, por cierto, que he recopilado a lo largo de varios años, cuyos volúmenes son sobrevivientes, pues se han salvado de muchas limpias y descartes) es porque deseo volver cuantas veces me plazca a esos lugares que he conocido solo a través de los libros, a esos personajes repulsivos o simpáticos, pero siempre, de una u otra manera, entrañables.
Las de los libros son experiencias que quiero retransitar varias veces más para revivir las intensas emociones que me produjeron en su momento. No por nada he leído en siete ocasiones mi novela favorita: Conversación en La Catedral. Y aún espero repetir la experiencia. No por nada novelas como El túnel, Lolita o A sangre fría me guiñan el ojo desde los libreros, prometiéndome si acudo de nuevo escalofríos, miedo, vértigo: el deslumbramiento ante la complejidad de lo real, a pesar de su formato ficticio.
Ahora que estoy a unos meses de ser papá, pienso en lo mucho que me gustaría mostrar a mis hijos las maravillas que le depara la literatura a sus lectores. Claro: no desearía que la literatura fuera jamás una obligación, una imposición para ellos, sino todo lo contrario: un camino libremente elegido por los recovecos del ser humano, expresado en su complejidad. Y que ellos decidan si recorren o no ese camino.

