viernes, 28 de diciembre de 2007

Noticias

-Estoy en Moctezuma, un pueblo a media hora del pueblo donde he pasado los últimos días: Divisaderos.
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-He estado releyendo un libro de Ricardo Castillo y otro de Álvar Núñez Cabeza de Vaca con el fin de redactar los trabajos finales para la maestría.
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-He leído por primera vez a Stephen King. El título elegido ha sido Misery. Un buen narrador King, sin duda. Pero su novela no me ha dicho demasiado.
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-He empezado a leer a Doris Lessing, la Premio Nobel de Literatura de este año. El cuaderno dorado es una novela muy extensa y cuyo arranque promete. Luego se pone rollera. Espero terminarla.
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-También leo Novia que te vea de Rosa Nissán. Me atrae la historia de la niña judía. Veremos cómo sigue.
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-En realidad vine a contarles que Marilú y yo ya tenemos fecha para nuestra boda: 5 de abril de 2008. No estoy nada nervioso. Sí muy emocionado.

domingo, 16 de diciembre de 2007

Ay, Constanza

No me salgas ahora con estas cosas. Que temes no estar a la altura de mis expectativas. Que qué pena con los lectores. Que qué les van a interesar a ellos tus cosas. No, Constanza. Ya te comprometiste. Ya me comprometiste. Ya tenemos beca y todo. Ahora te me vas a tu camerino, te me vistes de joven esposa, una hija de 9 años, un nene en camino, amado esposo, y ocupas tu lugar en el escenario que recién te he construido para que habites por una o dos centenas de páginas.

miércoles, 12 de diciembre de 2007

Una isla

Al cuento que me han publicado en Homines le tengo cariño. Surgió de una conversación. Y de un sueño. De una fantasía que se fue transformando hasta volverse cuento. Para escribirlo, eché mano de un lenguaje y de unos silencios que quizá mis posibles o reales lectores no identifiquen conmigo.

"Una isla" es el título. Son invitados a leerlo.

En el pedir está el dar

1.
Un pequeño pueblito (sí, pequeño y aun pueblito) enclavado en la sierra sonorense. A cuatro horas de Hermosillo. Fundado en 1932. 1500 habitantes. Divisaderos. Cuyo nombre siempre me ha gustado para pueblo de novela. Cuyo nombre siempre me ha evocado el nombre de una mujer.
2.
La primera vez que fui, esa mujer me esperaba en la entrada. Me llevó a su casa. Me presentó padres, hermanos, sobrinos, vecinos. Me mostró el lugar donde hasta sus 18 años había vivido.
3.
Esa mujer y yo protagonizamos el sábado pasado, en Divisaderos, una “pedida”. Estaban mis papás y sus papás. Uno de mis hermanos y los tres suyos. Sus sobrinos y otros familiares.
Yo nunca pensé incurrir en estas formalidades y lo hice. Mi papá habló, haciendo gala de buen humor. Su papá habló. Hablé yo, habló ella. Supe que toda esa gente estaba ahí para compartir con nosotros la feliz noticia de que nos casamos. El protocolo me supo algo mejor.
4.
Pero no me refiero a esta “pedida” en el título de esta nota. O no solo a esa pedida. También, sobre todo, al deseo. Una vez, o muchas veces, pedí, deseé todo lo que ahora tengo, lo que estoy teniendo. El deseo me ha traído hasta aquí.


viernes, 7 de diciembre de 2007

Texto de presentación de Mascarada



En el verano de 2005, cuando recién egresaba de Literaturas Hispánicas y no encontraba, a pesar de buscarlo, algún trabajo alimenticio, empecé a escribir
Mascarada, sin saber que terminaría siendo un libro. Yo simplemente tenía tiempo y muchas ganas de escribir, además de atravesar por una intensa etapa creativa que duraría un par de meses. Y, claro, tenía también la convicción de no querer ser ninguna otra cosa en la vida que escritor.No sé con certeza por qué este libro acabó como una colección de cuentos y no como una novela, siendo este último el género que más leo y el que más me interesa. Supongo que por esa misma premura, común quizá entre jóvenes escritores, de querer escribir todo lo que uno quiere y puede escribir ya, de tragarse de un pequeño y sabroso bocado el mundo.

Los 39 cuentos que conforman
Mascarada son apenas una parte de los muchos que escribí en aquel entonces. De modo que no sería descabellado hablar de ellos como los sobrevivientes de una balsa en la que algunos tripulantes van bien plantados en medio, seguros y serenos, mientras que otros, con los cabellos al aire, van agarrados apenas de algún endeble y casi imposible hilito.

El título del libro alude a las máscaras que nos ponemos no solo ante los demás, sino también ante nosotros mismos. No solo pretendí explorar en estos cuentos los aspectos oscuros, censurables, inconfesables del ser humano, sino también aquellos que de tan visibles nos pasan inadvertidos (como la carta robada de Poe), ya que estoy convencido de que la literatura puede dar cuenta tanto de unos como de otros; y lo hace, de hecho.

Mi interés estaba centrado no en reflexionar sobre el ser humano y consignar mis reflexiones en un libro, sino esencialmente en contar historias que pudieran resultar significativas para el lector y en dejar que fuera él mismo quien aportara las necesarias reflexiones, sugeridas, claro, por los relatos.

No creo que el sexo sea el centro de
Mascarada. Si bien el deseo sexual es un elemento importante del libro, me parece que no es el único entre los temas que escogí o me escogieron.

De ellos, uno de los que más queridos me resulta, que abordé en el libro anterior a este,
Gentario, y que supongo seguiré abordando en libros futuros, es el de la autosugestión: cómo a veces nuestra vida se enriquece con las fantasías que nos inventamos y nos creemos para evadir un poco una existencia llana o pletórica de soledad o miseria.

Un tema tan viejo como la novela moderna misma. ¿O no es central ya en El Quijote? Siguiendo a Vargas Llosa, don Quijote termina saliéndose con la suya: la ficción va “contaminando lo vivido y la realidad se va gradualmente plegando a sus excentricidades y fantasías”. Este es también el tema de algunas de las novelas más admirables de Juan Marsé y de algunos de los mejores cuentos de Julio Cortázar.

A pesar de lo anterior, no puedo dejar de ver que a veces las fantasías que nos inventamos se vuelven un biombo para no afrontar conflictos apremiantes: intento abordar esto en el cuento “Renuncias”.

Otro de los temas que me interesan especialmente es el de cómo nos enamoramos de nuestros verdugos, de la época en que nos subyugaron y del miedo que sentimos. Como dice Alessandro Baricco en voz de uno de sus narradores: “Probablemente atravesamos la vida con el único deseo de regresar al infierno que nos creó”.

Algunos temas más: la amenaza de la identidad por el entorno; los secretos que guardamos celosamente, incluso de nosotros mismos; cómo en ocasiones necesitamos de la contrariedad para ser felices; el descubrimiento del dolor ajeno por los niños; las trampas de la memoria; la inseguridad respecto del cuerpo propio; y muchas de esas pulsiones irresistibles que siempre van a estar con nosotros, a pesar de que nunca las llevemos a término.

De ningún modo propongo que debamos vivir sin esas máscaras que nos ocultan o protegen. Solamente quiero mostrar que esas máscaras existen, y que a veces lo hacen con tanta fuerza y ahínco que se vuelven parte de nuestra identidad, de nuestro verdadero rostro. Preferible ser consciente de ellas a ignorar su existencia.

Formalmente, estos cuentos no creo que ofrezcan muchas complicaciones al lector. Me interesa mucho la búsqueda de nuevas formas expresivas, pero el espacio que ofrecen los cuentos de
Mascarada es breve para fuegos de artificio. Como lector, prefiero a los personajes que se dan a conocer ante mí por lo que dicen, por lo que hacen, por sus silencios, que a aquellos cuyas psicologías me son explicadas a cabalidad por sus autores. Me resulta un tanto artificial esto último.

Por lo tanto, en
Mascarada quise que los lectores formaran sus propios juicios sobre los personajes y que incluso cuestionaran las ideas que estos tienen sobre sí mismos, en vez de regalárselos yo por medio de un narrador en tercera persona. Quizá a esto obedezca que la mayoría de los cuentos estén narrados por sus mismos protagonistas. Creo en el lenguaje como medio, no como fin. Por eso he pretendido ponerlo en función de las historias que relato y no volverlo centro.

Tampoco es mi propósito retratar una sociedad contemporánea degenerada, ya que supongo que los seres humanos siempre hemos utilizados máscaras para ocultarnos o protegernos o transformarnos.

Para concluir, si me preguntaran qué espero de este libro, diría que me daría por bien servido si sugiriera a uno o dos lectores algo de sí que antes no sabían o que no sabían que sabían.

Apremios

Desde que fue comprado en una joyería de Guadalajara y supo el nombre de su futura dueña, el anillo moría por entregarse, por darse todito. Cuentan quienes lo recibieron, empleados de la sucursal de mensajería tapatía, que no se dejaba empaquetar: daba brincos, piruetas, se salía de su estuche, volvía a entrar. Parecida experiencia tuvieron los encargados de la sucursal hermosillense. Mi madre, al recibirlo, tuvo la mala idea, por ver si era bonito, feo, regular, de librarlo de la cinta adhesiva con que lo habían sujetado a su prisión temporal. No se dejó atrapar hasta que llegué yo y con zalamerías, promesas de dedos cálidos y felices, lo convencí de acompañarme. Ahí vamos él y yo en busca de la dueña. Cuando la encontramos, el anillo se alborotó, brincó, luchó con todas sus fuerzas por librarse de mi bolsillo. Tuve que oponer a sus ansias dos celulares, un manojo de llaves, un paquete de chicles, 11 monedas. Apenas así pude evitar su prematura huida. De este modo lo contuve, asfixiado, triste, hasta que, llegado el momento, fui sacando, uno a uno, los objetos que lo oprimían. De un solo movimiento se elevó al techo, para después caer con gracia, sin obstáculo alguno, sin prisa ni violencias, en el dedo elegido.

jueves, 6 de diciembre de 2007

Mascarada por Juan Pablo Plata


Mascarada como el mundo mismo

Un mar de pezones van y vienen, son chupados, manoseados y vistos en muchas páginas de Mascarada como en el mundo mismo. Vienen y van por ahí demasiados bustos y cuerpos y genitales tronchados. Las relaciones amorosas de los personajes de los cuentos parecen advertir, alarmar que detrás de una invitación a un helado, una rosa, un te quiero y el cuidado de un hijo ajeno, va la intención instintiva, la necesidad fisiológica soslayada de llenar lo cóncavo con lo convexo muchas veces. La carne humana es la protagonista. Algunos la tienen cerca, otros lejana, según se dan las estrategias del cortejo, la embaucada de los fisgones, los amantes, los novios, los esposos, los animales, los niños y los viejos.


La gerontofilia tratada en el anterior libro —Gentario— sigue siendo para el autor un tema rico en el que se desenvuelve también como Nabokov en Lolita y Stephen Vizinczey en Brazos de la mujer amada, con sus relatos “Enamorada”, “Circo porno” y “Amor de emergencia”. La licantropía, la pedofilia, la zoofilia y la homosexualidad también presentes en las historias, son el claro resultado de las relaciones disfuncionales y otras formas de sentir y gozar aproximadas con naturalidad, como un motivo más para contar antes que escandalizar y buscar sonrojos y excomunión expeditos.


No son unos enfermos, señores y señoras, los habitantes de esta fiesta de caretas en que los ocultamientos logran o pierden carnes. No son fríos cínicos los seres de las historias, porque si algo hay en ellos son sentimientos nobles y tiernos. “Rosas para Anita”, un cuento que recuerda el amor ficticio de “El juego de Sarita”, en Gentario; junto a “El duelo” y “Muchacha y guitarras” conmueven por el chapucero embuste o el temido desamor.


Mucho estudio del tiempo y el espacio libre de los amantes que usan la ausencia de los padres o la autoridad para fiestas ha hecho el autor. Tanto ha investigado que es necesario ir al suelo y cogerse la barriga para reír ante la identificación con las tretas de los amores secretos.


Añado a la alta concentración de pezones la alta tasa demográfica de chalados en el libro: un imbécil de talla mayor en “Pudor”; niños con un aparatoso descubrimiento de las sombras de sexualidad en “Niñas” o coerciones sexuales en “Soborno” y “El consumo de arte”, ejecutadas por aquellos que menos se espera. Chalados y mal parados quedan, hasta ahora, los profesores en los cuentos de Javier Munguía: antes era el despido laboral intrigado por alumnos —“Los buenos tratos” en Gentario—; ahora es una enfermedad terminal —“Acecho”—. La loca mayor, la loca más loca es la licenciada del cuento “La Luchy”, que me hizo llorar y recordar cosas bellas: el cuento “Sólo vine a hablar por teléfono” de Gabriel García Márquez y la poesía y la vida de Leopoldo María Panero, ambas llenas de balbuceos y crueldad.

En cuestiones formales todo va mejor en algunos casos cuando los cuentos son extensos —“Circo porno”—; van regular las cosas en cuentos demasiado cortos —“Buenos modales”, “Águila”— porque parecen relleno o faltos de desarrollo, pues defraudan porque llega uno al final y no han templado la cuerda y no ha pasado nada. Sin embargo, es dudoso todo esto, porque cuentos con niños como “Amor primero” o “Recuerdo”, tocan la emoción, no desfalcan tiempo y son cortos.

Comprensible la distinción del premio otorgado a Mascarada. Es un libro divertido. Aunque al autor lo tenga sin cuidado lo que pensemos, pues cada tanto en unas cuantas líneas nos dice en susurro que un cuento breve, un puño, un fluido de gónada o una grosería no son mala educación si son merecidos por los personajes o los lectores.

Mascarada por Manuel Llanes


"En la rareza está el hallazgo". Texto leído en la presentación de Mascarada, realizada el 6 de septiembre de 2007 en Hermosillo, Sonora.

Mascarada (2007), segundo libro de cuentos del mexicano Javier Munguía (1983), dedicado a contar la vida secreta de la sociedad; volumen cuya ambición es descorrer el velo de la vida privada, al menos por un parpadeo (lo que dura un cuento corto) para ver con detalle la humana condición de un grupo de personajes de apariencia común, que en la intimidad o en el círculo de sus seres más allegados se descubren como pedófilos, homosexuales, artistas conflictivos, cirqueros pornógrafos o simplemente personas enamoradas que callan. Quienes supongan que por naturaleza la sociedad es un reducto de personas de doble cara, encontrarán el mundo de Mascarada acorde con sus sospechas, cuando la respetabilidad es tan sólo una frágil careta. El cuento que da título a la antología resume en buena parte cuál es la premisa del texto (o al menos una de ellas): todos guardan un secreto o un deseo inconfesable, una pulsión al mismo tiempo tentadora y aborrecible, mientras que la insatisfacción es una de las taras que definen la porción habitada del planeta.



Mascarada sugiere que el nuestro es un mundo, por lo tanto, incompleto, donde las personas no pueden asumir toda la complejidad de sus personalidades porque eso implicaría perderse, dejarse ir, ser juzgados con dureza en una comunidad que desde luego no está lista para entender los impulsos más amenazadores de sus integrantes, pero que en cambio está lista para señalar con dedo acusador todo aquello que amenace su composición. En ese sentido, Mascarada es un territorio franco donde los seres se materializan en toda su monstruosidad y su belleza, donde pueden confesar a quien se aproxime con curiosidad –o morbo- aquella pasión que los aqueja, al menos dentro de los límites del libro y de la ficción. Al mismo tiempo, el lector se enfrenta a la posibilidad no de juzgar sino de tratar de comprender lo que se supone incomprensible, escuchar el testimonio de quienes ante sus ojos son seres dignos de un castigo ejemplar, rostros que sólo por medio de la literatura podrían manifestarse sin riesgo; es decir, al menos durante unas cuantas páginas escuchemos lo que el asesino tiene que decir en su defensa, ahora que ha decidido hablar acerca del génesis de sus temidas aficiones. Por todo lo anterior, Mascarada nos muestra el reverso, lo que siempre se ha soslayado por incómodo o inapropiado, la vida marginal pero no por eso inexistente de una ciudad imaginaria que finalmente toma cuerpo con contundencia. Así, el libro es una crónica puntual de lo oculto, aunque el centro de la cuestión no estriba tanto en eso sino en lo reveladora que puede o no resultar esa mirada, porque la buena narrativa abomina de lo obvio o lo fácil y cuando de verdad está a la altura de las circunstancias sus miras son elevadas. Pienso en novelas como Crash, por ejemplo, que redefine el erotismo de una forma brutal e inolvidable. En este caso, eso se logra en algunos de los textos, como en “Temor de los hombres lobo”, por mucho el mejor de la colección, porque la experiencia de sus personajes es tan extraña que pareciera que la mejor forma de asirla es la poesía con la cual está registrada. Otro texto interesante es “Susan”, de nuevo la dinámica de una pareja con un mundo interior que desconcierta y que no depende de la lógica más bien realista de buena parte del libro. Es en esos momentos, cuando el libro coquetea con lo fantástico, cuando Mascarada se aleja del anecdotario amoroso y abraza una belleza más intrincada, no del todo terrena. Igual pasa en “Mentiras de Glenda”, otro de esos episodios donde la narración se torna inquietante y más acabada, porque los hábitos a los cuales alude de verdad sorprenden por lo terribles. Es decir: en la medida en que el libro se deja llevar por lo inefable roza aquello que rebasa nuestro entendimiento y nos comparte una riqueza que sólo podemos encontrar en la narrativa. Cuando Mascarada se pone en consonancia con la rareza y lo inclasificable, se llega hasta la cima del viaje: y desde ahí la vista bien vale la pena.



Hay una multiplicidad de voces, a veces en tercera persona, a veces desde el “yo”, que forman parte del mismo universo: donde las más consistentes son las que toman la forma de la primera modalidad. Al cabo de una lectura prolongada, el libro regala al lector una sensación parecida a la de un caminante, uno que vagara por una ciudad donde abundan las personas con ánimos de desahogarse, quienes comparten con avidez y desesperación sus pensamientos con quien desee escucharlos. Para leer Mascarada hay que saber escuchar, conversaciones que se pescan como de pasada y que por un accidente se entrecruzan con la trayectoria vital de los otros. Se trata de una colección de fragmentos que muestran el latido de un colectivo humano que da la bienvenida a quien desee mirar. Mascarada es una prolongada catarsis donde tal vez el lector encuentre una voz parecida a la suya, un rasgo, una manía de alguno de los personajes donde de alguna forma se identifique; cuando eso ocurra, el diálogo que el libro propone habrá comenzado de veras, como si el velo que protege las vidas reales también pudiera volverse transparente ante los ojos de sus mismos dueños. Si así pasa, Mascarada, lejos de cerrarse para finalizar, apenas habrá empezado su aventura.

Mascarada por Nicolás Antonioli


Como esta reseña dejó de estar disponible en línea, la comparto aquí.

El nuevo libro de cuentos de Javier Munguía es un destazadero de seres humanos, donde el autor disecciona a detalle nuestro comportamiento y lo que somos.


Por Nicolás Antonioli


El mundo discurre y personifica una gota de sangre que baja hasta el pezón iracundo, el descarriado soliloquio con que dos mujeres se desperdician, el amor con su más amplia presencia, la escena pulcra, inofensiva y atroz que recrea un sitio donde todos quisiéramos perecer, donde la carne, más blanda que el espanto, es nuestra forma de interacción. Todo esto es, y el ajetreado pulso de una mano que escribe lo que antecede, esta obra de Javier Munguía, Mascarada.

En Mascarada (Premio Concurso del Libro Sonorense 2006, convocado por el Instituto Sonorense de Cultura, próximo a presentarse), Munguía cuenta oportunamente, como testigo o como protagonista, los sucesos nefastos y humillantes de las sociedades humanas de principios de este siglo, con palabras que moralizan y son una radiografía de la oscuridad, el abatimiento, la opresión, de seres reprimidos a los que él da vida. Nos sumergimos en el descontrol y la eficacia del relato con la misma certidumbre de estar hurgando en las entrañas mismas de un planeta, para nuestra sorpresa el nuestro.

Es que este libro sacia el pedido desgarrador de miles de lectores de ver reflejada la realidad oculta por años. Es destacable la inclusión de personajes marginados, como el travesti, los gais, las lesbianas, el pedófilo, el violador, que no son otra cosa que un reflejo de nosotros mismos pero desprovistos del peor enemigo del hombre: la negación.


La descripción de hechos encuentra su más fiel exponente (imperdible el cuento “Artista”), el entramado minucioso de una crudeza e imaginación inusuales que movilizan (“Circo porno”), la niñez y la adolescencia observadas desde un punto de vista acertado y revelador (“Muerte al alcance de los niños”, “Niñas”, “Amor primero”, “Un valiente”, “La nariz”, “Enamorada”, etcétera) y los goznes de la relación marital al desnudo son los temas y las formas que Javier Munguía utiliza para escribir un texto uniforme, preciso y que demanda nuestra más profunda atención. En fin, un libro dotado de recursos más que suficientes, que se mereció mi aplauso en soledad y al que se le sumarán otros incontables, de esto último nadie tenga duda.

martes, 4 de diciembre de 2007

Contra las expectativas

Para Nacho


Iza me esperaba en el vestíbulo del hotel. Tez blanca. Cabellos negros y rizados. Joven y simpática. Había leído mi libro tres veces. El cuento que más le había gustado era “Circo porno”. Le parecía el más elaborado. También estaba Rosario, la encargada de DIFOCUR, el instituto estatal que me había invitado a Los Mochis.
La cita era a las 11 de la mañana. Llegaron por nosotros muy poco antes. Dije que ya no llegaríamos. Iza intentó tranquilizarme diciéndome que en Los Mochis nadie era puntual: no valía la pena preocuparse.
Antes de llegar al lugar donde sería la presentación pasamos a las oficinas de DIFOCUR en busca de los ejemplares de Mascarada que habría mandado el Instituto Sonorense de Cultura. No había libros y para no llegar con las jodidas manos vacías pedí que pasáramos al hotel para recoger los cinco ejemplares que me había llevado por si conocía gente.
Cabe apuntar que yo no tenía la menor idea de que iba a Los Mochis a enfrentarme a un auditorio lleno de estudiantes de preparatoria. Al ver a semejante público, algunos rostros fastidiados, otros perezosos, otros curiosos, ¿algunos interesados?, muchos, muchos, muchos rostros distintos, mis manos y mi aplomo se intimidaron.
Empezó Iza contando cómo alguno de los funcionarios de DIFOCUR le había hecho llegar el ejemplar de mi libro. Luego animó a los estudiantes diciéndoles que el libro traía sexo y que el sexo nos interesaba a todos. Conectó bien con el público. Al fin, llegó el momento temido, a decir verdad demasiado pronto: “Los dejo con Javier Munguía”.
No tenía la menor idea de qué iba a hacer, qué iba a decir. Las manos no se habían sosegado. Pregunté a quiénes les gustaba leer. Algunos levantaron la mano y dieron testimonio. Luego hablé de las ventajas de leer literatura. Algunos jóvenes hablaban entre sí, otros simplemente no prestaban atención. Pero una buena parte al menos me escuchaban.
Temía que las angustiadas manos me traicionaran, así que después de hablar un poco sobre mis propósitos al escribir el libro (un poco, abundar en aquel contexto era un acto de suma impertinencia) pedí a Iza que leyera algunos cuentos.
Iza eligió “Circo porno”. Supongo que me puse rojo al escuchar leer a Iza frente a aquella fauna de ojos, bocas y oídos ávidos, sobre todo los varones, esa historia mía aderezada de vergas, culos y tetas.
Iza, la misma Iza que desafiantemente había escogido aquel cuento enemigo del pudor, se turbó al entrar al auditorio su madre, su hermano y su novio. Dijo a los muchachos que dejaría el cuento ahí para que ellos lo leyeran por sí mismos. Las protestas fueron generalizadas. ¡Que continuara! ¡Querían saber qué seguía! ¡No, no querían escuchar ningún otro cuento! ¡Querían “circo”!
Al fin, Iza los convenció de que le escucharan un relato más: “La espera”. Iza no solo leía: actuaba el texto, le daba unos matices y un interés gracias a sus gestos, a las modulaciones de voz, que yo no habría conseguido. Las risas abundaron al leer Iza las últimas líneas. ¿Se identificaron con aquel muchacho común y corriente que deseaba ser asesinado solo para que a su novia le doliera? ¿Eran capaces de gustar de la literatura? ¿Les revelaba cosas de sí mismos? ¿O simplemente les hacía gracia?
Ofrecimos regalar libros a quienes hicieran preguntas. Muchas manos se alzaron. Me preguntaron por qué escribía, para qué, sobre todo en qué me había inspirado para escribir “Circo porno”. ¿A mí o a algún amigo les había ocurrido algo parecido?
Temí que la mamá de Iza me viera con ojos de reprobación, luego de aquellas tremebundas palabras mías en boca de su hija. Pero, por el contrario, me felicitó, y luego de contarle que ese mismo día me había encontrado a José Emilio Pacheco en el elevador del hotel, me hizo una cortesía: “Ya en unos años tendrá oportunidad de que lo admiren tanto como a él.”

Naufragios

Comunico el sensible fallecimiento de algunos de mis libros. El que más honda pena dispara a mi corazón es La gramática descomplicada de Álex Grijelmo. Aunque nunca conseguí terminarlo, ¡qué libro más divertido, qué forma más irreverente de enseñar las reglas!
Honda pena también embargará a un amigo cuando me atreva a confesarle que dos de sus libros, firmados por descollante cuentista norteamericano, forman parte de los damnificados. ¡Ay!
La casa se nos ha inundado. No hay presuntos responsables, sino una confesa culpable: la manguera que alimenta de agua al inodoro. Más bien la rosca de esa manguera, que se ha roto irreparablemente.
La resignación empieza a asentarse, pero apenas ocurrido el desastre ¡qué desconsuelo! Aquello era un mar verde y cuadriculado.
Marilú y yo expulsamos a escobazos el agua. Yo, si bien contrito, agradecido también de que el desastre no hubiera sido mayor.
Sacado respetuosamente el único ataud, donde reposaban, antes de que pasara el camión de la basura, cientos de páginas húmedas cuya suerte actual desconozco, me percaté de que había un insecto enorme, ahíto de mi sangre, flotando entre alguna página suelta.
No fui capaz de reventarlo de un solo escobazo, sabedor de que era lo más conveniente. En vez, lo tomé y me lo puse en el cuello, para que siguiera alimentándose hasta reventar.
Pero me he arrepentido. Ahora que está todo sereno después de la tempestad, de que el mar se ha ido y la tierra verde está libre de toda sombra, de cualquier mancha insidiosa, he querido librarme también de ese mosco cínico y enorme.
Supongo que no es tarde. Supongo que estoy muy a tiempo de naufragar ese corazón duro, esas jodidas patitas, ese hocico que succiona día tras día y me atormenta, sobre todo por las noches, a punto de arribar el intranquilo sueño.

lunes, 3 de diciembre de 2007

Gente pequeña

Esa gente que tiene un blog para vomitar sus frustraciones y, de ser posible, volcarlas en hombros ajenos. Esa gente que te toma un odio súbito, fortuito. Esa gente rastrera que te finge cordialidad. Esa gente creativamente indefendible. Esa gente ansiosa por convencerse de que es más lista que tú. Esa gente solitaria, triste. Esa gente del sabor amargo, a gusanos y a podredumbre. Esa gente que en el fondo querría ser artista y jamás será artista. Esa gente incapaz de decirte: no me gusta lo que escribes, me caes como una patada en los huevos u ovarios, y punto. Esa gente de los recaditos pendejos, cobardones. Esa jodida gente a la que en tu vida le has hecho un puto daño y sin embargo te hace blanco de sus más sosas invectivas. Esa gente.